Celebración Eucarística y bendición de los óleos
Jesucristo nos ha convertido
en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder
por los siglos de los siglos. Amén.
Iesus Christus fecit
nos regnum et sacerdotes Deo
et Patri suo: ipsi gloria et imperium in saecula saeculorum. Amen
¡Oh Dios!, que
por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, y a
nosotros, miembros de su cuerpo, nos haces partícipes de su Misma unción;
ayúdanos a ser en el mundo testigos fieles de la redención que ofreces a todos
los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén
El Señor me ha ungido y me ha
enviado a anunciar la buena nueva a los pobres y a darles un aceite perfumado
de alegría
Lectura del libro del profeta
Isaías
61, 1-3a. 6a. 8b-9
El espíritu del Señor está sobre mi, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la
buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, proclamar el
perdón a los cautivos, y la libertad a los prisioneros; a pregonar el año de
gracia del Señor, el día de la venganza de nuestro Dios.
El Señor me ha enviado a consolar a los afligidos, los afligidos de Sión, a cambiar su ceniza en diadema, sus lágrimas en
aceite perfumado de alegría y su abatimiento, en cánticos.
Ustedes serán llamados "sacerdotes del Señor"; ministros de nuestro
Dios" se les llamará.
Esto dice el Señor:
"Yo les daré su recompensa fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos, entre los pueblos.
Cuantos los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor".
Palabra de Dios.Te alabamos, Señor.
Sal 88, 21-22.25 y 27
Proclamaré sin cesar la
misericordia del Señor.
Misericordias tuas, Dómine,
in aeternum cantabo
"He encontrado a David, mi
servidor, y con mi aceite santo lo he ungido. Lo sostendrá mi mano y le dará mi
brazo fortaleza.
Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.
Misericordias tuas, Dómine,
in aeternum cantabo
Contará con mi amor y mi
lealtad y su poder aumentará en mi nombre. El me podrá decir: "Tú eres mi
padre, el Dios que me protege y que me salva".
Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.
Misericordias tuas, Dómine,
in aeternum cantabo
Ha hecho de nosotros un reino
de sacerdotes para Dios
Lectura del libro del
Apocalipsis del apóstol san Juan
1, 5-8
Hermanos míos: Gracia y paz a
ustedes, de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los
muertos, el soberano de los reyes de la tierra, aquel que nos amó y nos
purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de
sacerdotes para su Dios y Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de
los siglos. Amén.
Miren: él viene entre las nubes, y todos lo verán, aun aquellos que lo
traspasaron. Todos los pueblos de la tierra harán duelo por su causa.
"Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el
que ha de venir; el todopoderoso".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena nueva
a los pobres.
Spíritus Domini super em: evangelizare pauperibus misit me
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido
Lectura del santo Evangelio según
san Lucas
4,16-21
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como
era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le
dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que
estaba escrito:
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a
los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la
curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de
gracia del Señor".
Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los
asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar,
diciendo:
"Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban
de oír".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Acabada la homilía, el obispo dialoga con los presbísteros con éstas o semejantes palabras:
Obispo :
Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió
su sacerdocio a los Apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis
un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?
Sacerdotes:
Sí, quiero.
Obispo :
¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando
a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que,
por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el
servicio de la Iglesia?
Sacerdotes:
Sí, quiero.
Obispo :
¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la
celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar
fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, Cabeza y
Pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el
celo de las almas?
Sacerdotes:
Sí, quiero.
Obispo :
Y ahora vosotros, hijos muy queridos, orad por vuestros presbíteros, para
que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones: que sean
ministros fieles de Cristo, Sumo Sacerdote, y os conduzcan a él, única fuente
de salvación.
Pueblo:
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Seguidamente, dirigiéndose al pueblo, prosigue:
Obispo:
Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado
a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo
Sacerdote, Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos.
Pueblo:
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Obispo:
El Señor nos guarde en su caridad y nos conduzca a todos, pastores y grey, a la vida eterna.
Todos:
Amén.
Después de la renovación de las promesas sacerdotales,
los diáconos y ministros designados llevan los óleos, o, en efecto, algunos
presbíteros y ministros, o bien los mismos fieles que presentan pan, el vino y
el agua, se dirigen ordenadamente a la sacristia
donde se han dejado preparados los óleos y las otras ofrendas. Al volver al
altar, lo hacen de este modo: en primer lugar el ministro que lleva el
recipiente con los aromas, si es que el obispo quiere hacer él la mezcla del
crisma; después otro ministro con la vasdija de óleo
con de los catecúmenos; seguidamente, otro con la vasija del óleo de los
enfermos. El óleo para el crisma es llevado en último lugar por un diácono o un
presbítero. A ellos les siguen los ministros que llevan el pan, el vino y el
agua para la celebración eucarística.
Cuando llegan al altar o a la sede, el obispo recibe los dones. El diácono que
lleva la vasija para el santo crisma, se la presenta al obispo, diciendo en voz
alta: "Oleo para el santo crisma"; el
obispo la recibe y se la entrega a uno de los diáconos que le ayudan, el cual
la coloca sobre la mesa que se ha preparado. Lo mismo hacen
los que llevan las vasijas para el óleo de los enfermos y de los catecúmenos.
El primero dice: "Oleo de los enfermos"; el
otro: "Oleo de los catecúmenos". El obispo
recibe ambas vasijas, y los ministros las colocan sobre la mesa que se ha
preparado.
La misa se desarrolla como en el rito de la concelebración, hasta el final de
la plegaria eucarística, a no ser que todo el rito de la bendición se tenga
inmediatamente. En este caso todo se dispone según se describirá más adelante.
Te pedimos, Señor, que la eficacia de
este sacrificio nos purifique del antiguo pecado, acreciente en nosotros la
vida nueva y nos otorgue la plena salvación.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén
En verdad es justo y necesario, es
nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la
unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico,
perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
El no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino
también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la
imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a
tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo
alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los
hermanos, van configurandose a Cristo, y han de darte
así testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso,
nosotros, Señor, con los ángeles y los santos, cantamos tu gloria diciendo:
[Misa]
Antes de que el obispo diga "Por él sigues creando
todos los bienes...", en la plegaria eucarística I o antes de la doxología
"Por Cristo, con él y en él ", en las obras plegarias eucarísticas , el que llevó la vasija del óleo de los
enfermos, la lleva cerca del altar y la sostiene delante del obispo, mientras
bendice el óleo de los enfermos diciendo está oración:
Señor Dios, Padre de todo consuelo, que has querido sanar las dolencias de
los enfermos por medio de tu Hijo: escucha con amor la oración de nuestra fe y
derrama desde el ciceo tu Espíritu Santo Paráclito sobre
este óleo.
Tú que has hecho que el leño verde del olivo produzca aceite abundante para
vigor de nuestro cuerpo, enriquece con tu bendición este óleo para que cuantos
sean ungidos con él sientan en cuerpo y alma tu divina protección y
experimenten alivio en sus enfermedades y dolores. Que por tu acción, Señor,
este aceite sea para nosotros óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro
Señor. Que vive y reina por los siglos de los siglos).
Amén.
La conclusión "Que vive y reina" se dice solamente cuando la
bendición se hace fuera de la plegaría eucarística.
Acababa la bendición, la vasija del óleo de los enfermos se lleva de nuevo a su
lugar, y la misa prosigue después de la comunión.
Cantaré
eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las
edades.
Misericordias Dómini in aeternum cantabo; in generationem et generationem annuntiabo veritatem team in ore meo
Concédenos Dios todopoderoso, que
quienes han participado en tus sacramentos sean en el mundo buen olor de
Cristo. Que vive y reina.
Amén.
Dicha la oración después de la comunión, los miembros
colocan las vasijas con los óleos que se han de bendecir sobre una mesa que se
ha dispuesto oportunamente en medio del prebisterio.
El obispo, teniendo a ambos lados suyos a los prebíteros
concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los
otros ministros detrás de él, procede a la bendición del óleo de los
catecúmenos y la consagración del crisma.
Estando todo dispuesto, el obispo, de pie y cara al pueblo, con las manos
extendidas, dice la siguiente oración.
Señor Dios, fuerza y defensa de tu pueblo, que has hecho del aceite un
símbolo de vigor, dígnate bendecir este óleo y concede tu fortaleza a los catecúmenos
que han de ser ungidos con él, para que, al aumentar en ellos el conocimiento
de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe, vivan más
hondamente el Evangelio de Cristo, emprendan animosos la tarea cristiana y,
admitidos entre tus hijos de adopción, gocen de la alegría de sentirse
renacidos y de formar parte de la Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Seguidamente el Obispo derrama los aromas sobre el óleo y
hace el crisma en silencio, a no ser que ya estuviese preparado de antemano.
Una vez hecho ésto, dice la siguiente invitación a
orar:
Hermanos: pidamos a Dios Padre todopoderoso que se digne bendecir y
santificar este ungüento para que aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con
él sientan interiormente la unción de la bondad divina y sean dignos de los
frutos de la redención.
Entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del
crisma, y con las manos extendidas dice la siguiente oración de consagración:
Señor Dios, autor de todo crecimiento y de todo progreso espiritual: recibe
complacido la acción de gracias que gozosamente, por nuestro medio, te dirige
la Iglesia.
Al principio del mundo, tú mandaste que de la tierra brotasen árboles que dieran
fruto, y entre ellos el olivo, que ahora nos suministra el aceite con el que
hemos preparado el santo crisma.
Ya David, en los tiempos antiguos, previendo con espíritu profético los
sacramentos que tu amor instituiría en favor de los hombres, nos invitaba a
ungir nuestros rostros con óleo en señal de alegría. También, cuando en los
días del diluvio las aguas purificaron de pecado la tierra, una paloma, signo
de la gracia futura, anunció con un ramo de olivo la restauración de la paz
entre los hombres.
Y en los últimos tiempos, el símbolo de la unción alcanzó su plenitud: después
que el agua bautismal lava los pecados, el óleo santo consagra nuestros cuerpos
y da paz y alegría a nuestros rostros.
Por eso, Señor, tú mandaste a tu siervo Moisés que, tras purificar en el agua a
su hermano Aarón, lo consagrase sacerdote con la unción de este óleo.
Todavía alcanzó la unción mayor grandeza cuando tu Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, después de ser bautizado por Juan en el Jordán, recibió el Espíritu
Santo en forma de paloma y se oyó tu voz declarando que él era tu Hijo, el
Amado, en quien te complacías plenamente.
De este modo se hizo manifiesto que David ya hablaba de Cristo cuando dijo:
"El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus
compañeros".
Todos los concelebrantes, en silencio,
extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de
la oración.
A la vista de tantas maravillas, te pedimos, Señor, que te dignes santificar
con tu bendición † este óleo y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo, de
cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma, infundas en él la fuerza
del Espíritu Santo con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires,
y hagas que este crisma sea sacramento de la plenitud de la vida cristiana para
todos los que van a ser renovados por el baño espiritual del bautismo; haz que
los consagrados por esta unción, libres del pecado en que nacieron, y
convertidos en templo de tu divina presencia, exhalen el perfume de una vida
santa; que, fieles al sentido de la unción, vivan según su condición de reyes,
sacerdotes y profetas y que este óleo sea para cuantos renazcan del agua y del
Espíritu Santo, crisma de salvación, les haga partícipes de la vida eterna y
herederos de la gloria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Todos los concelebrantes, en silencio,
extienden la mano de, recha hacia el crisma, y la
mantienen así hasta el final de la oración.
Por tanto, te pedimos, Señor, que mediante el poder de tu gracia hagas que
esta mezcla de aceite y perfume sea para nosotros instrumento y signo de tus t
bendiciones; derrama sobre nuestros hermanos, cuando sean ungidos con este
crisma, la abundancia de los dones del Espíritu Santo, y que los lugares y
objetos consagrados por este óleo sean para tu pueblo motivo de santificación.
Pero ante todo, Señor, te suplicamos que por medio del sacramento del crisma
hagas crecer a tu Iglesia en el número y santidad de sus hijos, hasta que,
según la medida de Cristo, alcance aquella plenitud en la que tú, en el
esplendor de tu gloria, junto con tu Hijo y en la unidad del Espíritu Santo, lo
serás todo en todos por los siglos de los siglos.
Amén.
Cuando todo el rito de la bendición de los óleos se realiza después de la
liturgia de la Palabra, acabada la oración de los fieles, el obispo con los concelebrantes se acerca a la mesa donde se va a tener la
bendición del óleo de los catecúmenos, y del óleo de los enfermos, y la
consagración del crisma. Todo se hace según se ha descrito más arriba.
Dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone incienso en el
incensario y se organiza la procesión hacia la sacristía.
Los óleos bendecidos son llevados por sus ministros inmediatamente después de
la cruz.
En la sacristía, el obispo, oportunamente, puede advertir a los presbíteros
cómo hay que tratar y venerar los óleos, y también cómo hay que conservarlos
cuidadosamente.